Seguridad Testimonios 

Una historia de policías, ciudadanos y ladrones: el viaje dantesco al interior de un asalto

Primer círculo

Caminar lentamente por la calle una tarde de sábado con la tranquilidad de quien no tiene más compromiso que estar en paz. Sentir de repente que algo no está bien, mirar a ese hombre, salido de la nada, que grita y gesticula mientras sostiene un arma, y seguir sin entender qué es lo que pasa hasta que las palabras adquieren sentido. La cartera, la computadora, la bolsa, los teléfonos, todo va a parar a sus manos. –¿De verdad eso es una pistola?me pregunto en medio del terror. Parece un revólver de juguete pienso.

Si es o no un arma auténtica nunca lo sabré, pero se mueve amenazante al ritmo cada vez más exaltado de ese hombre joven y nervioso que ni siquiera se cubre el rostro y que no para de gritar insultos. –¿Qué me ven, pendejas? ¡Bajen la vista!–.

Las amenazas. –¡Órale, corran para allá y cuidadito con voltear!–, la carrera desbocada hacia el fondo de la calle, el corazón bombeando sangre y el cerebro procesando los datos. Parar, respirar, y caer en la cuenta de que hemos sido asaltadas, y que no tenemos nada, ni un peso para transportarnos. Vaya, ni siquiera la posibilidad de entrar a la casa porque hasta las llaves nos quitaron.

El Diccionario Jurídico Mexicano establece la definición de asalto como:

Uso de la violencia sobre una persona, en despoblado o en paraje solitario, con el propósito de causar un mal, obtener un lucro o exigir su asentimiento para cualquier fin (Código Penal del Distrito Federal, artículo 286).

http://mexico.leyderecho.org/asalto/#Definicion_y_Caracteres_de_Asalto_en_Derecho_Mexicano

Esta definición contiene en sí misma uno de los primeros elementos que determinan la violencia que sufre cualquier víctima de asalto: la amenaza a su integridad física y moral, el atentado a su dignidad, la humillación, el temor, y todas las secuelas que esto conlleva, como la sensación de vulnerabilidad, la desesperanza, el deseo de venganza, y muchas veces la falta de cobertura de los sistemas de seguridad social en caso de lesiones.

http://www.scielo.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0034-98872004000700008

Segundo círculo

Es necesario caminar para pedir ayuda al familiar más cercano. Cancelar tarjetas, pedir dinero prestado, dar explicaciones una y otra vez, buscar un cerrajero y aguantarse las ganas de llorar. ¿Y la denuncia, en dónde?–. La delegación está cerca, junto al Parque de los Venados, a unos minutos caminando, seguro ahí nos atienden. Que no, que no es aquí, sino mucho más lejos, hasta el Parque Delta. Que no pueden escoltarnos, ni llevarnos, ni es su obligación, ni nos pueden ayudar de ninguna otra manera. Tienen que ir a denunciar, ustedes por su cuenta–. Tenemos miedo, pero no les importa. Tomamos el taxi y en una oficina sórdida levantamos la denuncia con un Ministerio Público malhumorado, que explota cuando le decimos que no podemos recordar las facciones del asaltante.

–¿Pero qué no ven que si no tengo el retrato hablado del asaltante no lo podemos detener?–. Le explico del mejor modo posible que estábamos más pendientes de su arma que de sus facciones. –Pues así no puedo hacer mucho. Pasen con los agentes y no se olviden de ratificar la denuncia–.

De acuerdo a la literatura especializada, la violación de los derechos privados de propiedad es otra de las formas de violencia ejercida en un asalto. La privación del uso y disfrute de los bienes adquiridos legítimamente, por regalo o herencia es uno de los efectos más frustrantes de estos sucesos. Y no solamente eso, muchas veces la recuperación de ese patrimonio o de la información perdida lleva meses e incluso años, si es que se recupera. El costo de la actividad delictiva es material, afectivo y económico, y afecta tanto a víctimas como a los propios delincuentes.

“…las consecuencias del crimen en el bienestar de las víctimas potenciales en función de la probabilidad de victimización, la cantidad de bienes perdidos y los gastos en seguridad pública y privada y el sistema de justicia. En tanto, las pérdidas de bienestar para los delincuentes constituyen una función del esfuerzo que estos dedican a sus actos delictivos, y la probabilidad y severidad del castigo potencial, las pérdidas y los costos de oportunidad incurridos (monetarios o de otro tipo) debidos a la captura, y los gastos en la policía y el sistema de justicia.”

https://publications.iadb.org/bitstream/handle/11319/8133/Los-costos-del-crimen-y-de-la-violencia-nueva-evidencia-y-hallazgos-en-America-Latina-y-el-Caribe.pdf?sequence=8

Tercer círculo

Entrar a otra oficina y encontrarse con dos tipos viendo la televisión, que hacen una mueca de disgusto cuando interrumpimos su programa sabatino. Responder las mismas preguntas planteadas de diferente manera. Recibir un curso rápido sobre la diferencia entre una escuadra y un revólver cuando declaro que el asaltante llevaba un revólver, como los del Viejo Oeste. –A ver, señorita. Esto es una escuadra –pone el arma en su escritorio, –y el revólver es como el que usan los vaqueros–. Ratifico que el arma del asaltante es un revólver y el agente piensa que no tengo ni la menor idea de lo que digo. Precisa otros detalles sin mucho esmero reconstruyendo él mismo la historia, no sea que me vaya yo a equivocar, y queda formalmente de llamar cuando se sepa algo. Al salir de ahí el apremio es para conseguir un lugar dónde pasar la noche, porque todos los cerrajeros dejan de serlo los sábados por la tarde.

La tercera forma de violencia al ocurrir un asalto es la institucional. La Encuesta Nacional de Victimización y Percepción de la Inseguridad Pública (ENVIPE) de 2016 muestra que a nivel nacional el robo o asalto en la calle o el transporte público presenta una cifra negra (aquellos delitos donde no hubo denuncia ni averiguación previa) de 95.8%. Considerando todos los tipos de delito, los resultados de esta encuesta indican que la cifra negra tiene sus orígenes en causas atribuidas a la autoridad (63%) y en otras causas (36.4%). Dentro de las causas atribuibles a la autoridad se incluyen: temor a ser extorsionado; pérdida de tiempo; trámites largos y difíciles; desconfianza en la autoridad o su actitud hostil.

http://www.inegi.org.mx/saladeprensa/boletines/2016/especiales/especiales2016_09_04.pdf

Cuarto círculo

La ratificación de la denuncia. Mi amiga y compañera de desgracia tuvo que regresar a su ciudad, así que me he quedado sola con esta carga, pero otra amiga me acompaña solidariamente. Llego a la delegación y me recibe una funcionaria más amable, quizá porque el trámite esta vez es en horas hábiles. Me felicita por tomarme la molestia de ratificar, –es lo mejor que se puede hacer para tener una estadística de ilícitos–. Me pregunta de nuevo los hechos y repito mi narración, cuando me interrumpe bruscamente.

– Malditas ratas, ojalá los mataran a todos–.

– ¿Perdón? –pregunto asombrada de su reacción.

– Sí, deberían exterminar a todas esas lacras–. No puedo creer que tal expresión de odio venga de una funcionaria, pero ella quizá se da cuenta de mi desconcierto y guarda la compostura de nuevo. Le menciono la posibilidad de obtener el video de una cámara cercana al lugar del asalto, pero son tantos los trámites que tengo que hacer que desisto.

Cifras del Observatorio Nacional Ciudadano basadas en las carpetas de investigación que se abren a partir de las denuncias, ubican un crecimiento de 12.17% en el delito de robo con violencia en la Ciudad de México en marzo de 2017, comparado con marzo de 2016, en tanto que las carpetas de investigación por robos a negocio mostraron una disminución de 5.30% en los mismos meses. Considerando la enorme cifra negra que presentan estos delitos es fácil suponer que la incidencia es mucho mayor.

http://onc.org.mx/wp-content/uploads/2017/05/170501mensual-marzo_2017_VF.pdf

Por su parte, la ENVIPE 2016 establece que el robo o asalto en la calle y transporte público es el delito más frecuente en la Ciudad de México, y la percepción de inseguridad entre la población asciende al 84.6%, mientras que el nivel de confianza en la policía es de únicamente 35.8%.

http://www.inegi.org.mx/saladeprensa/boletines/2016/especiales/especiales2016_09_04.pdf

Epílogo

Cuatro o cinco meses después del asalto, el familiar que nos ayudó recibe una extraña llamada preguntando por mí.

– Es relacionado con el asalto que sufrió la señorita – explica una voz masculina. Se niega a identificarse y queda de comunicarse más tarde. Yo entro en pánico al saberlo y suplico que nadie haga caso nunca más de esas llamadas ¿Cómo saber quién está del otro lado? ¿Desde qué círculo del infierno me busca? ¿Mientras habla por teléfono tratando de localizarme, jugará con una escuadra o con un revólver de juguete?

El asalto que se narra en esta nota es real y ocurrió en una zona colindante de las colonias Santa Cruz Atoyac y General Anaya, un sábado a las 5 de la tarde, a plena luz del día en una calle relativamente transitada, a unos metros del Eje 8 Sur. Fue hace pocos años y se denunció oportunamente, pero el recuerdo, las secuelas materiales y el temor continúan y la situación no parece mejorar en la zona.

Datos no oficiales recabados mediante reportes de vecinos de la Colonia General Anaya muestran que entre enero y junio de 2017 ocurrieron 16 ilícitos: la mayoría son robos con violencia a transeúnte, seguido por robos con violencia a negocio; robos o intento de robo de autopartes; asalto a automovilista y robo a casa habitación. >MAPA DE DELITOS<

Se ignora cuántos de estos ilícitos han sido denunciados e incorporados a la estadística de la policía y, por lo tanto, convertidos en datos oficiales. La denuncia es relevante porque las cifras oficiales, registradas en el sistema de seguridad son las únicas válidas para incrementar la vigilancia de una zona, en un desafortunado patrón de acción que en lugar de prevenir el delito sólo reacciona ante el mismo, y de forma muy tardía.

La información sobre la tendencia delictiva en la Ciudad de México y específicamente en la Colonia General Anaya es preocupante. Es imposible no sentir una sensación de vulnerabilidad e indefensión, y pensar que los ciudadanos jugamos a la ruleta cada vez que salimos a la calle, o que las posibilidades de ser violentados se dan a veces al interior de nuestra propia casa. Sin embargo, esta historia tiene moraleja y no debemos perder de vista que nuestra participación en la prevención de la delincuencia radica en tres puntos fundamentales:

    1. Siempre denunciar un delito cuando seamos víctimas y no dejar de ratificar la denuncia. Es un trámite desagradable, engorroso y desgastante, incluso a veces abusivo por parte de las autoridades, en momentos que nos sentimos en situación muy vulnerable y tendríamos que recibir un poco de consideración, de empatía ante lo ocurrido, aunque les puedan parecer males menores comparados con los casos que atienden todos los días. Sin embargo, para los vecinos es la única manera de proteger nuestros datos personales y hacer visible el problema para las instancias de seguridad pública. También nos permite exigir su intervención con fines preventivos y no sólo como una reacción tardía e ineficiente.

 

  • Evitar a toda costa actuar al margen de la ley y no fomentar actitudes de odio o sospechas infundadas. La violencia como recurso sólo genera más violencia y una situación de desconfianza generalizada, que a menudo se revierte contra la propia comunidad.

 

 

 

  • Procurar estar informados sobre aspectos legales, organizativos y hasta tecnológicos que ayuden a prevenir el delito dentro de los cauces legales. Compartir experiencias y conocimientos entre la comunidad, de forma consensuada y transparente, y a partir de estos conocimientos, exigir a las instituciones involucradas que refuercen su trabajo para la prevención del delito.

 

 
 

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